PILAR LÓPEZ BERNUÉS (ESCRITORA)
  Majones
 
MAJONES (Canal de Berdún – Provincia de Huesca)
 
                        A lo largo de la vida descubrimos que determinados lugares han marcado nuestra existencia y que poseen un alma propia, o eso nos parece. Esos “sitios” pueden ser de muy diversa índole: Un apartamento, una playa, un rincón perdido en el bosque y hasta algo mucho más grande, como una aldea. Y cuando digo que determinados escenarios nos marcan no me refiero sólo a lo positivo, también podemos poseer recuerdos nefastos que, invariablemente, se activarán si regresamos allí. En ese sentido, bien podría decirse que no existe la “nada” y que los seres humanos nos relacionamos, en realidad, con un entorno tremendamente vivo, por muy inanimado que sea. Una simple joya, una figura de arcilla o un libro serían esos últimos ejemplos.
                        Desde que nací MAJONES formó parte de mi vida y le dio forma (ahora, con el paso de los años, veo que fue así).
                        Yo vivía en Barcelona con mis padres y mi hermano (tres años menor) en el seno de una familia tradicional y media de los años sesenta. Nuestra vida transcurría normalmente: colegio, deberes, alguna salida al parque, una coca-cola los domingos… Pero, aunque en aquellos instantes ese hecho que referiré me parecía normal y lógico y estaba acoplado completamente a mi existencia, ahora entiendo que mi hermano Javier y yo teníamos un privilegio: Pasar los veranos en MAJONES, una diminuta aldea de la provincia de Huesca en la que nació mi padre.
                        “Casa Mancho” (nuestra residencia del pueblo) fue en su momento una de las fincas más pudientes de un manojo de casas perdidas en la loma de un cerro en el que se enclava el pequeño caserío, que cuenta con una preciosa iglesia románica, una torre de defensa, el río convertido en pedregal en verano, las huertas a la otra orilla, campos de trigo repartidos “aquí y allá”, las viñas sobre la colina… Y si ahora, en la actualidad, existe agua corriente, teléfono, luz eléctrica y una carretera asfaltada, nada de eso existía cuando Javier y yo pasábamos allí los veranos, pero tampoco lo echábamos de menos. Majones, para nosotros, era sinónimo de LIBERTAD.
                        Siendo, como éramos, niños de ciudad, disfrutábamos del delicioso contraste que suponía vivir al aire libre. Y si en nuestra época (con sólo un canal de TV (máximo dos)) admirábamos a los vaqueros del Oeste, ahí, en el pueblo, disponíamos de machos en los que ir a caballo, ovejas y cabras a las que ordeñar o conducir a los pastos, gallinas, conejos… De alguna forma, nos convertíamos en protagonistas de historias que nos recordaban las películas que veíamos los domingos y que comentábamos en el cole porque TODOS los niños mirábamos la misma serie.
                        Salíamos de casa tras desayunar y ya no nos veían el pelo hasta que los estómagos reclamaban combustible o nos “invitábamos” a acompañar a nuestro tío a la huerta porque eso suponía montar a caballo… Y es que en Casa Mancho vivían dos hermanos de mi padre (los dos mayores, hombre y mujer), a los abuelos no los llegamos a conocer.
                        La finca, como decía, fue en su tiempo una de las más ricas de la aldea y entre los antepasados sé que existió un cura y también un juez. Una biblioteca situada dentro de una sala con alcoba me atrajo siempre como un imán y ahí pude consultar libros encuadernados en cuero y escritos en latín, además de cuadernos de cuentas y hasta cartas de amor… (Al juez no le permitían casarse con su novia, al final lo consiguieron pero ella se suicidó años más tarde). También a ese antepasado juez se le atribuye el presunto ocultamiento de un homicidio involuntario cometido en la persona del hijo del maestro (los maestros no eran oriundos del lugar y apenas subsistían). Esa muerte fue certificada en su día como natural, pero al que se consideró supuesto autor de los hechos lo hallaron en un corral perdido en las montañas, aparentemente muerto, aunque, al fin, sólo perdió un ojo… Si todo eso fue verdad o sólo una invención no puedo afirmarlo, pero… ¡Cuántas historias podrían extraerse del pasado pese a ser protagonizadas por pocas personas! ¡Y cuántos sucesos extraños se han relatado de boca en boca! En ese sentido, Casa Mancho tenía su “fama”, sus “fantasmas” particulares… Sí es cierto que desprendía en su momento un aura muy especial porque es grande, estaba invariablemente con las ventanas entornadas, posee un desván al que no nos permitían subir, un granero casi siempre cerrado, un horno atrancado y un antiguo palomar prohibido; por no mencionar, en otro orden de cosas, un par de reproducciones de láminas (supuestamente con el rostro auténtico de Jesús y de la Virgen) que aterraban con sólo mirarlas… Recorrer la vivienda por las noches para subir a acostarnos o simplemente cenar, todo con la luz de una vela, no contribuía, precisamente, a evitar darle a la imaginación y recordar supuestos hechos antiguos, algunos muy oscuros y rodeados de cierto misterio. La casa, además, fue alcanzada en dos ocasiones por un rayo y todavía pueden apreciarse algunos de los desperfectos causados, aunque no hubo víctimas.

                      






Pero dejando a un lado el pasado, Majones siempre fue para mí y mi hermano un lugar mágico y encantador. Caminar por las eras, ver trillar, ir a las huertas y subir a caballo en el macho entre las hortalizas que llevaba sobre los arreos de caña, ordeñar cabras y hasta ir pastores… ¡Aquello era fenomenal! Como lo era ver corretear libremente a las gallinas con sus polluelos o salir a un espléndido balcón de casa, con vistas al río y, por las noches, contemplar un cielo limpio y estrellado, oír cantar a los grillos y los sapos, ver luciérnagas…
                        En el pueblo vivía una niña de mi misma edad: Nieves. Y sólo nos llevamos días, de modo que éramos muy amigas y pasábamos todo el tiempo juntas.
                        Un día la abuela de Nieves, que solía hacer la siesta y pretendía que la hiciera su nieta, nos puso a las dos en su cama porque yo, en aquella época, no dormía ni por despiste a media tarde y mi amiga se quedaba conmigo... En cuanto la mujer comenzó a roncar nos fugamos por una ventana y nos fabricamos un “juguetero”. Ese juguetero consistía en insertar pequeñas piedras planas (a modo de estantes) en muros de huertos o cobertizos y colocar encima latas de conserva conteniendo tierra, hierbas, fruta, agua etc. Era algo así como una tienda o una cocina… No necesitábamos juguetes porque los fabricábamos usando la imaginación.
                        También en el pueblo vivían chicos “bárbaros” concretamente los dos hijos de la maestra, que sí era oriunda del lugar y estaba casada con un parroquiano. Esos niñatos, algo mayores, se dedicaban a perseguirnos, a hacernos la vida imposible… Nos robaban pelotas y fruta, destrozaban jugueteros, nos seguían hasta el río… La lucha era continua y terminábamos a pedradas o persiguiéndonos ortiga-en-mano (las ortigas son unas plantas que, en contacto con la piel, producen un escozor tremendo y grandes ampollas).
                        Comer almendrucos (almendras tiernas) o manzanas gusanadas (pronto aprendimos a esquivar al inquilino) eran tareas cotidianas, también enzarzar moras en espigas, degustar higos o hasta coger cascabillos (una variedad de ciruela que suele producir diarreas descomunales). Esos cascabillos los teníamos prohibidos pero… ¡nos los zampábamos igualmente! Un primo de Madrid (en verano nos juntábamos unos cuántos, y ése en concreto y yo éramos entonces inseparables) se dio un buen atracón de esa fruta; se retorcía de dolor de vientre y sus padres, pensando que podría tener un problema de apéndice, lo llevaron a Huesca de urgencias (en aquella época no había ni un simple teléfono) Por supuesto, el diagnóstico fue “empacho de…” y el pobre primo, además de los retorcijones, se llevó una buena bronca.
                        Cuando me aficioné a la escalada convencí a Nieves para que me acompañara, aunque nuestras escaramuzas sólo consistían en subir terraplenes de pizarra que se deshacían. Llegamos a pedirle al cura la soga del campanario y nos la dio, pero los hombres del pueblo nos la arrebataron. Recuerdo una ocasión en que nos hallábamos en las huertas más alejadas, las de “Sarba”, llamadas así porque se hallaban junto a un barranco de ese nombre. En las márgenes, por encima del cauce, vimos un posible lugar para escalar. Al final yo no subí el terraplén, me pareció que era demasiado inestable, pero Nieves sí lo hizo… Mi tío, que se hallaba en la huerta, la rescató. ¡Pobre hombre! Se encaramó a la pendiente porque mi amiga estaba en un punto desde el que no podía subir ni bajar. Y le costó lo suyo salvarla ya que el terreno, de pizarra, se descomponía al pisarlo…
                        Con Nieves, con Javier y con mis primos nos bañábamos en el río, repleto  de culebras (ahora no pondría los pies ahí, lo confieso, pero entonces no pensábamos en otra cosa que no fuera divertirnos). También con mi amiga, solas ella y yo, fuimos en una ocasión a un pueblo cercano, en el que teníamos parientes. Se trataba de una excursión en toda regla utilizando antiguos senderos entre las montañas. Regresamos de noche en medio de una impresionante tormenta y empapadas. A la mañana siguiente alguien nos dijo: “¿Por qué no os pusisteis bajo un árbol para no mojaros?” ¡Y eso que existían muchas historias de personas muertas por un rayo!
                        Lo que nunca pude soportar de Majones fue que a los animales se les matara… (¡Qué monstruosa me parece esa necesidad de matar para vivir! Y no hay opción, porque las plantas también están vivas…) ¡Jamás pude presenciar eso ni probar la carne fresca! Cuando alguien cogía un cordero o un cabrito del corral yo ponía “tierra por medio” para no ver, pero tampoco oír porque sufría… Me gustan los animales y, en una ocasión (a veces me pasaba horas en el corral con las cabras) llegué a hacerme amiga de un cabritillo, y lo imitaba tan bien que su madre respondía a mis belidos. Igualmente era aliada del macho, llamado Moreno, del perro pastor… Me dolía mucho que fuesen utilizados de forma general para explotarlos, sin recibir ni una sola muestra de afecto. Como yo sí se lo daba, pronto me apreciaron. Cuesta poco recibir cariño de un animal poco acostumbrado a él; me bastaba una manzana o un poco de azúcar con el primero y algo de comida con el perro (siempre muerto de hambre) para que me recompensaran sobradamente. El macho, en concreto, cuando estaba suelto por el monte, pastando, no se dejaba coger para regresar al corral, ni siquiera por su dueño. ¡Pero a mí sí me lo permitía! ¡Sólo a mí! Y he de confesar que me dolía hacerlo, me sentía “traidora” porque él estaba muy bien, a sus anchas, y en la cuadra únicamente disponía de paja seca…
                        Cuando un perro pastor era sacrificado por viejo y echado en una zanja, a veces moribundo, sin siquiera rematarlo; o un mulo, agotado de trabajar, vendido para carne, se me retorcía el corazón ante semejante crueldad, falta de sensibilidad y gratitud…
Yo ya era mayor cuando mis tíos se quedaron con la caballería de un vecino porque Moreno había muerto. Era un animal “guito” lo que en lenguaje local equivale a “poco manso”. Un día acompañé a mi tío a la huerta y me ofrecí para subir con ese macho hasta casa con la carga, ya que él estaba regando y tardaría un buen rato. El animal tenía sus años e iba muy cargado; yo lo llevaba del ramal y él me seguía a buen paso, era muy inquieto y caminaba deprisa, pero al llegar a una última cuesta vi que jadeaba… Me detuve, le miré a los ojos y le “propuse” descansar unos minutos. Cuando pasado un tiempo le hice una señal (sin estirar el ramal ni apalizarlo) volvió a caminar con la presteza que le caracterizaba… ¡Jamás entenderé que los animales, en las aldeas, fueran únicamente objetos de “usar, explotar y tirar”!
                        En Majones se lavaba en el río, eso era menos divertido y yo me escaqueaba siempre que podía. Las mujeres bajaban hasta el cauce con grandes canastos de ropa, se arrodillaban sobre las piedras y buscaban una grande y plana junto al agua, en la que frotaban; luego extendían la colada sobre chargueras o plantas de bog para que se secara. Regresar a casa por un camino ascendente y no muy corto con los canastos llenos… ¡no me gustaba nada!
Tampoco existía agua corriente en las casas, había que ir a la fuente con un botijo o dos o, de vez en cuando, con las caballerías para hacer acopio de unos cuantos cántaros.
Recoger huevos y encerrar a las gallinas era una tarea cotidiana al caer la tarde, y muy importante: ¡Había que atrancar la puerta del corral con objeto de evitar que entrara un zorro! Y más de uno se las compuso en alguna ocasión para salvar todos los inconvenientes y darse un festín.
                        Ir a Misa los domingos con ropa de “domingo” era muy especial… No por la Misa sino porque las sandalias hacían “tic-tic” sobre el empedrado, a diferencia de las bambas de uso diario. Ese día se reunía todo el pueblo, a excepción de los que iban pastores, y las campanadas nos iban advirtiendo con suficiente antelación para que nos fuésemos preparando; al tercer toque había que estar en la iglesia.
En los días de “fiesta” (me refiero a la fiesta del pueblo o a alguna celebración especial) saboreábamos una “gaseosa” algo así como unos polvos contenidos en unas papelinas y que nos sabían a gloria, como nos sabían a gloria los buñuelos que nuestra tía Fermina preparaba en las grandes ocasiones… Y ni qué decir tiene con qué gusto me comía yo la longaniza que ella reservaba para mí porque apenas probaba la carne; me daba un trocito muy escaso con una tajada enorme de pan y eso era el mayor de los manjares, que solía comerme en el balcón contemplando el paisaje y medio a escondidas de mis primos, que a veces se quejaban de que me mimaban más (ventajas de ser la mayor, ja, ja…).
                        En un momento dado los parroquianos compraron un tractor para el pueblo y varios de ellos aprendieron a conducirlo. Lo utilizaban especialmente durante la trilla para transportar el trigo a los graneros distribuidos por la aldea. En la labor de trillar colaboraban todos, cada vez en una era diferente de una casa diferente, y era “obligación” de los anfitriones para los que se trabajaba preparar la merienda y distribuir botijos de agua y botas de vino, que en ocasiones nos enviaban a buscar a los críos.
Subirnos al remolque del tractor, incluso en marcha, era una actividad habitual en la que participábamos toda la chiquillería, aunque dependía mucho del carácter del conductor que nos permitiera permanecer sobre el trigo o nos hiciera bajar sin contemplaciones. Recuerdo que, en una ocasión, el padre de Nieves (no tenía muy buen genio) estaba cerca de la nacional, llevando o recogiendo grano. El caso es que nosotras dos fuimos una tarde a su encuentro para regresar en el remolque y… ¡Nos dio esquinazo! Nos tocó volver a pie varios km. y casi a oscuras. ¿Qué tenía de mágico ir en el remolque? Pues no sabría decirlo. Lo que sí sé es que TODOS los días eran intensos en MAJONES y que el recuerdo que me queda de ese tiempo no puede ser más emocionante.
Una excursión hasta el pueblo de Huertalo, en el que sólo vivía un matrimonio que perdió a su único hijo, y el descubrimiento de un ataúd en la parte más oscura del campanario derruido de esa aldea, todavía lo recuerdo con una mezcla de bienestar, excitación y miedo. Durante días la imagen de ese hallazgo la reviví en cada rincón de Casa Mancho mientras caminaba a la luz de una vela, pero también rememoré la gran hospitalidad con la que los chiquillos fuimos recibidos en Huertalo y el dolor que me produjo pensar en esa pobre gente que perdió a su hijo y que vivía aislada.
Y como Javier y yo pasábamos dos y tres meses en Majones, nuestros padres no compartían con nosotros todo el tiempo. Esperar su llegada, a pesar de que era un síntoma de que el tiempo de vacaciones terminaba, resultaba muy especial y emotivo. Contábamos los días que faltaban para verlos cuando ya era inminente que iban a recogernos y, consumido el tiempo, en el día “cero” esperábamos impacientes ver por la carretera el coche de la panadería que nos los iba a traer… Con ellos y con otros tíos y primos organizábamos comidas campestres en el monte o barranco arriba, cogíamos setas y hasta té de roca en la Foz de Fago. También mi padre intentaba pescar de vez en cuando (truchas, barbos y lo que allí denominaban “madrillas”).
                        El trayecto hasta la nacional, que teníamos que salvar necesariamente tanto al ir de vacaciones como al regresar a casa, no estaba asfaltado y era una simple pista forestal de algunos km. Pero poseía también su encanto porque el recorrido lo hacíamos a lomos de los machos o, últimamente, en el tractor o en el vehículo de la panadera, que vivía a pie de carretera… Aunque ¡claro! ¡No era lo mismo ir que volver! El regreso a la ciudad y al colegio resultaba menos atractivo. Y si en los largos viajes de ida (autocares, trenes, coches…) no recuerdo haberme mareado, sí me ocurrió en muchos trayectos de vuelta.
                        Ese pequeño rincón perdido entre colinas y con las estribaciones de los Pirineos al fondo, esa aldea que hasta hace poco no aparecía ni en los mapas, siempre ha estado en mi corazón y ahí permanecerá como un tesoro de infinitas bellezas ¡Cabe enteramente dentro de él!

    Iglesia románica de El Salvador (S. XII-XIII)


  Vista parcial de Majones


 Torre de defensa (siglo XV)
 
                       
 
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